miércoles, 11 de octubre de 2017

PLOTOBER 2017 - DÍA 11

Piensa, piensa con esa masa cárnica que Dios te dio por cerebro...


Continuamos, continuons, con el Plotober. ¿Qué premisa toca hoy?. Veamos...


UN MOMENTO, ESTAS BRAGAS NO SON MÍAS



Sandra volvió a casa con la compra recién hecha. La comida, el jabón, y unas bragas. No estaban dentro de la la lista, pero le habían tentado. Qué se le va a hacer. No somos de piedra. 

Nada más entrar en el recibidor, vio la misma premisa de todos los días: Luis en el sofá, leyendo un libro de a saber qué, y Ana durmiendo, en una postura contraria a cualquier signo de raciocinio anatómico, y ortopédico, en la cama. Compartir piso, ¡qué feliz idea!. Pero bueno. Ella lo aceptaba porque sabía que alquilar un estudio para ella sola excedía de su presupuesto, y, pensándolo bien, no eran tan malos compañeros. Un poco vagos, sí, pero oye, cuando Sandra necesitaba ayuda ellos le echaban un cable. Ah, y cocinan que se mea uno de gusto. No obstante, lo mejor era que paliaban eso que llamamos soledad. 

Sandra entró en la cocina y dejó la comida y el jabón. Luego se fue disparada a su habitación y abrió la bolsa con sus bragas. Cuando las sacó del envoltorio, y las extendió, dio un respingo y sus ojos se pusieron como platos. 

Esas bragas que ahora sujetaban sus manos eran tan grandes como la envergadura de sus brazos.

Las bragas de un coloso.

Fue con una cara pálida al salón, para enseñárselas a Luis. Luis levantó la vista, y observó esas gigantescas bragas. La cara que se le quedó era digna de enmarcar en una foto.

–¿Qué cojones...?

–No lo sé, compré unas bragas en la tienda de al lado, y cuando las voy a abrir, pues... Mira.

Ana se levantó debido al ruido y caminó hacia el salón a ver qué pasaba.

–A ver, ¿qué conio pasa aquí...? ¡HOSTIA PUTA JAMELGA! ¿Pero y eso qué es, chiquilla?

–Pues lo que le he dicho a Luis, que me compré unas bragas y cuando las voy a sacar, mira lo que me encuentro.

Ana se empezó a reír mientras la cara de Sandra se ponía colorada. Luis pidió calma, y puso su dedo en el mentón. Como siempre hacía para pensar en una solución.

–Pues devuélvelas. Ya está. 

–"Política de empresa: no aceptamos devoluciones de ropa interior, ni de cosméticos." –Leyó Sandra en el ticket de compra –. Joder. Pues al final me las voy a quedar.

–Bueno, piensa que así tendrás un trapo más, que siempre viene bien –dijo Ana. Luego, miró hacia la ventana, y como quien no quiere la cosa, preguntó–: ¿Te dice en el ticket algo sobre el que compró esas bragas?

–No, no pone ningún dato. Me da pena el que las comprara, ha gastado más que yo. Vaya cambiazo. ¿No se podrían haber dado cuenta?

–¿Hoy, que es día de rebajas, y encima en esa tienda de ropa tan famosa? –Le respondió Luis–. Pides demasiado.

Sandra suspiró. Le gustaban las bragas que se compró. Y el que las tenga tampoco puede contactar con ella. Diablos.

Los tres se quedaron mirando la enorme ropa en silencio.

–¿Quién gastaría unas bragas tan grandes? –dijo Ana. 

A la mañana siguiente, en el periódico de la ciudad, Sandra leyó que la elefanta Lucy, la estrella del zoo, no pudo pintar como todos los miércoles porque las nuevas bragas que le habían pedido sus cuidadores, unas bragas de la misma talla y marca que las que tenía Sandra en la cocina, y que Lucy usa como si fueran un pincel, se habían extraviado.









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