miércoles, 3 de octubre de 2018

PLOTOBER 2018 - DÍA 03

Tercer día. A ver qué se me ha ocurrido.

INAMOVIBLE

La masa fecal, mierda si se prefiere, apareció a primeros de mayo. Nadie sabe cuándo, ni quién o qué la depositó, pero estaba en medio de toda la acera. No era grande, ni tenía un tamaño diminuto. Se veía bien desde la distancia, mas algunos incautos la pisaron, y, cómo no, se mancharon la suela de los zapatos. Cuando llegó el barrendero para quitarla, vio con asombro que no podía, que estaba demasiado pegada al suelo. La tocó, y comprobó que su consistencia era blanda, y ni por esas lograba arrancarla de la acera. Muchos más barrenderos vinieron, no obstante, ninguno de ellos, ni siquiera juntos, pudieron sacarla. Era un excremento extraño, que fue protagonista, conforme pasaban los días, de numerosas fotos, editoriales y artículos en los periódicos, tertulias televisivas, y hasta campañas de Internet (algunas la usaban como ejemplo de la resistencia frente al gobierno opresor, unas pocas para ensalzar la resistencia del país frente a la crisis económica que sufría, y la mayoría de ellas para, simplemente, reírse un rato), manteniendo así a los ciudadanos en vilo sobre este curioso acontecimiento. Fue entonces cuando el gobierno, anonadado ante la resistencia de esta cagarruta, decidió llamar a las autoridades científicas pertinentes para que arrojaran algo de luz al asunto. Cuando llegaron a la zona, que acordonaron por seguridad (algunos pensaban que todo era una conspiración, y no les culpamos, la verdad), procedieron a la toma de muestras. Para su asombro, el excremento seguía todavía fresco, a pesar de que habían pasado casi tres meses desde su descubrimiento. Una semana después, tras arduos estudios, se determinó que el moñigo pertenecía a un ser humano (cosa que, por desgracia, no sorprendió a muchos) y más concretamente, a uno que murió hace cinco años. El culpable no era otro que el señor Mateo, un jubilado asqueado con la sociedad que antes de morir, juró que "Iba a dejar una mierda en la acera que no la quitará ni Dios ni Cristo que lo fundó". Pese a la seriedad con la que lo decía, nadie, por supuesto, le tomó en serio. 
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