sábado, 6 de octubre de 2018

PLOTOBER 2018 - DÍA 06

Seis días, ya, seis días. Vamos allá.


EL VACÍO

Hubo una época en la que había golondrinas. ¿Te lo he dicho alguna vez? Eso fue hace mucho tiempo. Podías ver sus nidos colgados en los tejados, y a las crías pidiendo comida a sus padres. Una vez, cuando tenía tu edad, más o menos, un polluelo se cayó a nuestro jardín. Casi lo pisé, era muy pequeño. El pobre no dejaba de piar, ni de temblar, ni siquiera cuando lo cogí y arropé con mi mano. Era una sensación extraña. Nunca había cogido algo tan pequeño como él en mi vida. Yo era el más bajo de mi clase, de todo el pueblo, casi. Jamás imaginé que pudiera haber algo más pequeño que yo. Sí, había visto muchos insectos, pero, creo que entiendes lo que quiero decir, ¿verdad? No era solo que hubiera algo tan minúsculo, sino que me sorprendió que fuera tan débil y que dependiera por completo de mí. Así que la llevé a mi habitación con cuidado, la puse en un cartón y la cubrí con una mantita para que tuviera algo de calor. Le di un poco de maíz, y algún bicho, para que comiera. Cuando les dije a mis padres lo que había pasado, no pareció importarles mucho. Eso era normal, al pequeño no le hacían caso. Así pasaron varias semanas, y un día, como si supiera que llegó el momento, mi golondrina alzó sus alas y se marchó volando. No le dije adiós, simplemente vi como partía hacia el campo. Sin embargo, sí que pensé en mi hermano cuando salió del pueblo a buscar trabajo en la ciudad, un oscuro día de primavera, con promesas de tormenta en el horizonte. Al contrario que entonces, cuando el pájaro se fue, el día era soleado. Y también, a diferencia de ese día, sí que noté que algo dentro de mí se había ido. Quizás, me dije, por eso mamá y papá estaban tan tristes. 
Como te digo, ha pasado mucho desde aquella época. Ahora, ya no hay ni hermano, ni padre ni madre, ni siquiera golondrinas. Sin embargo, a veces, cuando te diriges con el coche por la carretera comarcal, y llegas a mi pueblo, puedes ver algunas casas que han quedado como la mía, vacías, igual que los nidos que colgaron en nuestro tejado, en todos los tejados. Aún se mantienen, casas y nidos, inmutables al paso del tiempo, pero ya no hay cantos, no hay alas batiendo, no hay polluelos que cuidar. 
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