viernes, 5 de octubre de 2018

PLOTOBER 2018 - DÍA 05

Quinto día, señores.

ESOS OJOS

No había nada interesante en la televisión. Pero a pesar de ello, seguía mirándola, cambiando de un canal a otro, casi por inercia. Telediarios, anuncios, programas del corazón, documentales... Nada le llamaba la atención. Aún así no había nada mejor. Y en uno de ellos, sonaba una canción que le sonaba. Se paró, la siguió escuchando, un poco, un poco más... No, falsa alarma. Siguió recorriendo los canales, y de pronto, velozmente, volvió otra vez al de esa canción. Había recordado algo más sobre ella. Algo borroso, que se iba aclarando, un poco más, sí... Unos ojos, unos ojos en los que siempre pensaba, pero, no recordaba de quién eran... Un poco más... Ah, creo que ya está...

Él tenía quince años, y estaba en una discoteca, pero no bailaba. Bailar era una cosa que no le iba para nada, a pesar de que era bastante bueno. Se quedaba siempre en la barra, jarra de cerveza en mano, mirando cómo sus compañeros se movían al son de las canciones, a veces solos, otras en pareja. Los estudiaba bien. Ignacio bailaba siempre apoyando su pierna derecha cada dos minutos, Rubén movía los brazos como si fuera Uma Thurman en Pulp Fiction, y en cuanto a David y a su novia (pareja desde los cinco años)... bueno, ella era la que bailaba de verdad, él hacía lo que podía (parecía un pato mareado). Así habían pasado los viernes de los últimos dos años, desde que conoció a su pandilla. Sin cambios, sin excepción. La rutina de costumbre, así lo llamaba. Hasta que llegó ese viernes de junio del 87. Ese día parecía como uno más. Él en la barra, con su cerveza, mientras los miraba bailar. Entonces,  a eso de las doce de la noche, cuando ya empezaba a llenarse el local, ella llegó. Era una mujer alta, con pelo corto de un color rubio brillante, algunas pecas le poblaban la cara. Llevaba un traje de color rosa que le llegaba hasta la cintura, y una chupa negra, a pesar del calor que hacía allí. Nadie, salvo él, se fijó en ella. Le echó 20 años, quizá 24. Con absoluta gracia, se sentó en la barra, y pidió un Martini. Él hacía todo lo posible por dejar de mirarla, pero había algo de ella que lo atraía. No sabía por qué. No era una mujer atractiva como las que había visto en muchas revistas, o algunas profesoras de su instituto, aún así, le costaba no observarla. Por supuesto, ella le pilló. Se dirigió hacia su sitio con decisión, y, mientras él esperaba una bofetada en la cara, ella se acomodó en el taburete que había a su lado, mirándole fijamente, con unos ojos que no parecían humanos. El corazón le iba a mil por hora.

–¿Qué haces aquí solo, chiquillo? 

–No... No estoy solo. Mis amigos están bailando en la pista, allá.

Señaló a sus compañeros, y ella los miró. Sonrió cuando vio a David.

–Tu amigo no es bueno.

–Ya. Siempre dice que uno de estos días va a aprender a bailar, pero no lo veo por la labor. El pobre...

La mujer sacó un cigarrillo mientras lo escuchaba.

–¿Te importa que fume un rato?

–Oh, no, adelante. Usted misma.

–No me llames de usted. ¿Crees que soy muy mayor?

–No, perdón, es la costumbre. 

Esos ojos, esos ojos, cuanto más los miraba, más le gustaban. Ella debió de percatarse de ello, porque le sonrió. Echó una nube de humo hacia el techo, y le preguntó:

–Bueno, ¿cuántos años tienes? Porque para estar solo a estas horas...

–Quince.

–¿Sólo? Pensé que tenías más.

–Me lo dicen a menudo. Supongo que será el gimnasio.

Ah, vas a un gimnasio. Entonces te va el ejercicio.

–Sí, me gustaría dedicarme a ello algún día. Aunque mi padre dice que debería hacer otra cosa.

–También me decían algo parecido los míos. Y creo que me habría pegado un tiro si les hubiera hecho caso.

–¿Y qué es lo que te dijeron que hicieras?

–Que fuera dentista. No estoy hecha para andar en bocas ajenas. 

–Ya...

–Estudié derecho. Puede que suene a coñazo, pero me gusta. Y se me da bien memorizar cosas.

–Ajá.

–Y a ti, ¿qué quiere tu padre que hagas?

–Policía, o bombero. A veces hasta me dice que por qué no me alisto al ejército, con el fondo físico que tengo.

–Uh, el ejército. 

Él se sonrojó, y ella se rió al verle como un tomate.

–Bu.. bueno... No es que me desagrade el ejército... Pero no sería mi primera opción. 

–Lo tuyo es ser deportista.

–Sí, boxeador, o quizá culturista. Como el Chuache.

Ella se rió con muchísima fuerza. 

–¿El Chuache? ¿De verdad lo llamáis así?

–Pues sí, porque a ver quién se sabe su nombre, con lo difícil que es.

Ella se siguió riendo más y más, y él se contagió con su risa. Hacía mucho tiempo que no se reía así.

–Ay, estos jóvenes...

–Sí. Estos jóvenes.

Cuando él se acabó la cerveza, ella hizo lo propio con el Martini. Comenzó a mirarlo con interés. Él se incomodó un poco, porque esos ojos que tanto le gustaban, esos ojos que no le parecían de este mundo, estaban ahora solo para mirarle a él. De fondo sonaba esa canción. 

–¿Bailamos?

–¿Qué, bailar? No, no se me da bien. Casi soy peor que mi amigo, no creas...

Se giró para verlos. Ya no estaban. Rápidamente, miró su reloj. Habían pasado, sin que él se percatara, casi tres horas. 

–Venga, chico. Bailemos.

Le tendió la mano. Él la miró. Era una mano grácil, en la que uno se esperaría que hubiera un sinfín de anillos, pero sólo había una alianza. Una alianza plateada, tan brillante como el pelo de esa mujer. 

–Te vas a arrepentir.

–No, créeme. No me voy a arrepentir.

Bailaron y bailaron. Él, al principio, pese a su habilidad, no lograba sincronizarse con ella, pero poco a poco fueron acompasando sus movimientos, como si llevaran toda la vida juntos. Pasaron así las horas, hasta que ella se ofreció a llevarle a su casa, pero pararon en el apartamento de la mujer., un apartamento vacío. Siempre se dijo a sí mismo que nunca olvidaría el tacto de la boca de esa mujer, su cuerpo, su pelo... Pero no cumplió su promesa. Sólo recuerda esos ojos tan poco humanos, esos ojos que no parecían de este mundo. 


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