martes, 2 de octubre de 2018

PLOTOBER 2018 - DÍA 02

La verdad es que esto de no tener una lista es bastante lioso... En fin, veamos qué he escrito hoy.


UNA COLA MUY GRANDE


Se despertó. Estaba tendido en el suelo, y sobre él había un enorme cielo cubierto de nubes, demasiado cubierto de nubes. Se levantó, pudiendo ver una enorme cola, que se extendía hasta el horizonte. No tenía nada mejor que hacer, así que decidió esperar, a ver qué sucedía. Había gente de todo tipo: jóvenes, ancianos, mujeres, hombres, africanos, europeos, rubios, altos, bajos... Sin embargo, no conocía a nadie, ni nadie parecía conocerle. Así que supuso que no estaba cerca de casa. La cola era larga, sí, tan grande como la eternidad, y mientras esperaba, preguntaba a los que estaban a su lado, que si sabían qué pasaba. Lo desconocían. Eran un hombre y una mujer con dos niños pequeños, con los que jugó mientras la cola se iba acortando. Pudo ver cómo más gente se iba sumando a la par que avanzaban, pero de igual modo, cuando le preguntaban qué era esto, él no lo sabía, y a la vez, ellos no sabían cómo habían llegado hasta allí. En el tiempo que pareció un eón, por fin pudo llegar su turno. Vio cómo la familia pasaba a través de una gran cortina roja, y después, le tocó pasar a él. Dentro estaba un hombre con traje elegante, sentado en una silla. Un hombre joven, muy serio, muy cansado, que no dejaba de escribir en una hoja sobre una mesa. Le señaló que se sentara en la silla que había enfrente de él. Y así hizo.

–¿Nombre?

–Emm... Roberto. Roberto López... Gómez.

–Ajá. ¿Edad?

–Pues... – Empezó a contar los dedos de las manos, mientras el hombre le miraba seriamente–. Pues... Siete. Creo que dentro de poco cumpliré ocho.

–Ya veo. Bien, Roberto. ¿Sabes lo que te ha pasado?

Roberto no dijo nada. El hombre resopló un poco, cerró su bolígrafo y juntó sus manos, mirando fijamente al niño.

–¿No recuerdas nada de ese día? ¿La comida en el campo con tus padres? ¿Cuando estabas jugando con tu hermana?

Roberto se rascaba la cabeza, pensando. El hombre parecía impacientarse, y a la vez compadecerse de él. Roberto seguía y seguía rascándose la cabeza, hasta que de pronto se detuvo en seco. El hombre arqueó una ceja, sin dejar de mirarlo. Roberto comenzó a tocarse, a pellizcarse. 

–Ya veo que lo recuerdas.

–El agujero... No lo vi... Pero...

–Lo siento chico. Fue una caída espantosa. Te partiste la cabeza. Instantáneo, no sentiste nada (eso fue lo mejor). 

Por supuesto, todo lo dijo por protocolo. Claro que no lo sentía. Mas la culpa no era del todo suya, había visto tantas cosas así, e incluso peores, que ya se había acostumbrado a todo.

–Bien, puedes seguir. Ya hemos acabado. Ten un buen día.

Roberto no se movió. Se quedó en su sitio, temblando, sin poder creer lo que decía. 
Esto también lo había visto muchas veces el hombre.

–Oye, tengo mucho trabajo por...

Roberto comenzó a llorar. Nada fuera de lo común, aunque sucedía más en adultos que en niños.
El hombre suspiró, y se levantó hacia él. Puso su mano en el hombro del chico.

– Vamos, vamos, sé que es un trago difícil, pero ahora estás en un lugar mejor, créeme.

–¿Un lugar mejor? ¡¿Cómo va a ser este un lugar mejor?! ¡¿Usted es tonto?!

El hombre quitó su mano, y dejó que Roberto se desahogara. Miró hacia la gran cortina roja, como siempre hacía cuando pasaban estas cosas. Se imaginaba la enorme cola que había allí. Ya ni se acordaba del tiempo que llevaba en este trabajo, si es que se podía llamar así, puesto que no tenía remuneración alguna (si bien no la necesitaba). No obstante, contaba con descansos, lo cual era un alivio. Sí que recordaba la primera vez que llegó allí, con la misma edad que tenía el chico que ahora estaba sentado llorando ante él. Normalmente los que llegan aquí no envejecen, solo los que trabajan en este lugar tienen derecho a ese privilegio, o maldición para algunos. Lo único que les une es que ya no pueden morir otra vez. 

El hombre miró a Roberto, que se enjugaba las lágrimas. Cuando acabó, se giró hacia al hombre.

–¿No podré ver a mi familia de nuevo? ¿Ni a mis amigos?

–No, lo siento. 

–Pensaba... Pensaba que nosotros podíamos verles desde arriba.

–No, chico. Lo siento. No es posible. Estás a demasiada altura, no verías más que nubes.

Roberto se secó una lágrima que se le escapaba. 

–Y a usted, ¿qué le pasó?

El hombre respiró hondo. Pese a que le habían hecho la misma pregunta varias veces, nunca se había acostumbrado a ella.

–Tenía tu edad. Me atropelló un coche cuando cruzaba el paso de peatones. 

–¿Echa...? ¿Echa de menos a sus padres? 

Esta pregunta se la habían hecho menos veces. 

–A veces... pienso en ellos. Deben de seguir vivos, porque todavía no los he visto pasar por aquí... Sí, suelo pensar en ellos. 

Se quedaron en silencio. 

–Lo siento, chico. Este no es un lugar mejor. Ni de lejos.

–Ya. 

–Ni siquiera es un tránsito, como algunos dicen. Es... 

Roberto le miraba fijamente. El hombre también.

No es un lugar mejor, desde luego.

–¿Y qué hacemos aquí?

–No lo sé. Vivir, hasta el fin de los tiempos. Supongo. Pero no lo sé.

–Ya.

Roberto se levantó de la silla, lentamente, hacia la salida. A pocos pasos, le preguntó al hombre:

–¿Cuál es su nombre?

–Félix.

–¿Podré verle otra vez, Félix?

Eso ya no se lo habían preguntado tanto.

–Sí, en los descansos. Me verás fumando ahí fuera, no te preocupes. 

–Vale.

El hombre vio cómo Roberto se alejaba por la salida. Después, cuando ya le perdió, volvió a su mesa, cogió el papel, y comenzó a escribir otra vez. Dentro de poco, tendría un descanso. 









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